por Antonio I. Margariti © www.economiaparatodos.com.ar
El
problema de la absurda presión impositiva argentina no se basa en un
determinado impuesto o mínimo no imponible. Lo pavoroso y terrorífico es el
efecto acumulativo de la catarata de impuestos sobre un único bolsillo: el de
las personas físicas de carne y hueso.
Ya
es hora de que el presidente comience a entender cómo funciona la economía y
un atisbo de ello lo encontramos en su inesperada actitud de solicitar a los
intendentes que no aumenten las tasas municipales para no provocar una rebelión
fiscal de los ciudadanos.
Es que los jefes comunales, ni lerdos ni perezosos, comprendieron que este
modelo de caja política concentrada en manos de los ministros de Planificación
y de Acción Social puede asfixiarlos financieramente si no consiguen el beneplácito
del poder central.
Entonces, por las dudas, han decidido triplicar y cuadruplicar los impuestos
municipales inventando tributos ridículos como la “tasa de abasto”, la
“tasa de transporte de productos alimenticios” o la “tasa de publicidad en
locales comerciales” aplicada a los anuncios de ofertas de productos de marca
dentro de los comercios.
Algo parecido ha hecho el egregio gobernador de la provincia de Buenos Aires,
quien, más refinadamente, aumentó los impuestos revaluando la base imponible
de los inmuebles rurales y la tasación de los automotores. Luego dio carta
blanca a su recaudador fiscal para que utilice cuanta medida punitiva pueda
inventarse en contra de los contribuyentes.
Desde el punto de vista de estos últimos, es decir de los que pagan impuestos,
hay una cuestión muy ardua que les cuesta entender. Es la de percibir que no es
cuestionable tal o cual impuestito, ni tal o cual mínimo no imponible. Lo
pavoroso y terrorífico es el efecto acumulativo de la catarata de impuestos
sobre un único bolsillo: el de las personas físicas de carne y hueso.
Los viejos y sabios tratadistas de finanzas públicas -como Benvenuto Griziotti,
Dino Jarach, Guillermo Ahumada, Luigi Einaudi, Gastón Jèze, Antonio Viti de
Marco, Arthur Cecil Pigou y Mafeo Pantaleón- nos enseñaron que los efectos de
los impuestos no se limitan a alterar el bienestar material, sino que provocan
envidia, odio, decadencia y, sobre todo, un inocultable malestar moral y
espiritual que afecta la emulación de los individuos, la solidez de las
familias y el fundamento sólido de las capas sociales sobre cuyos sentimientos
nacen y mueren los grandes Estados.
Esos inolvidables autores dividían el efecto de los impuestos en cuatro
momentos distintos: la percusión, la traslación, la incidencia y la difusión.
1º. Hay un primer momento de percusión o de impacto
fiscal. Es el efecto que el impuesto produce directamente cuando golpea
las finanzas de una empresa que debe pagarlo, como en el caso del impuesto del
35% sobre las ganancias contables de las sociedades comerciales sin tener en
cuenta para nada que también se apropia del 12,2% del aumento inflacionario
sobre los precios del stock de bienes de cambio como si fueran una ganancia
genuina.
2º. Hay un segundo momento que es el de la traslación.
Cuando las empresas que pagan excesivos impuestos tratan por todos los medios de
trasladar el peso de los mismos hacia otros contribuyentes cargándolos al
precio de sus productos o exigiendo un descuento equivalente a sus proveedores.
De algún modo quieren zafar del efecto de la tributación excesiva y le pasan
el fardo fiscal a otros sujetos indefensos que no pueden oponerse.
3º. Luego hay un tercer momento que es el de la incidencia.
Se trata del sujeto que efectivamente soporta el pago definitivo del impuesto y
éste es siempre ineludiblemente una persona física de carne y hueso porque, en
definitiva, es quien debe soportar la carga de todos los impuestos creados o por
crearse.
4º. Finalmente hay un cuarto momento que es el de la difusión.
Se trata del efecto irradiado sobre todo el mercado mediante subas en los
precios, caídas en el consumo, disminución en el ahorro y oscilaciones en la
oferta y demanda de bienes y servicios.
Hoy en día, el sistema impositivo argentino se compone de una multitud de 79
impuestos, tasas, contribuciones, derechos, cargas sociales, aportes,
retenciones, anticipos, fondos compensadores, sellados, precios de
transferencia, adicionales y patentes que recaen inexorablemente sobre los
ingresos de los contribuyentes honestos que, al no poder eludir ni evadir
impuestos, sucumben ante su enorme peso.
Esos 79 impuestos llegan al 64,8% del ingreso en blanco y por su magnitud no
pueden recaudarse del grupito del 10% de personas con mayores niveles de renta,
porque ellas sólo perciben el 37,2% del PBI. De manera que inevitablemente la
presión fiscal debe abalanzarse sobre los ingresos de quienes ocupan las
escalas inferiores y medias de la sociedad.
Es decir que los pobres terminan pagando con impuestos confiscatorios los
propios subsidios que los políticos les entregan.
Pero esos subsidios son mucho menores al monto del impuesto que se les cobra
porque en el trayecto hay una gran suma de dinero que se filtra para financiar a
los recaudadores, se despilfarra en gastos inútiles, sirve para constituir
cajas políticas y se utiliza para constituir fondos reservados que permiten el
enriquecimiento de los funcionarios de turno.
La brutal desigualdad en la distribución del ingreso que han demostrado las
propias estadísticas del INDEC se produce cotidianamente como consecuencia de
esta batería de 79 impuestos que incesantemente van drenando los ingresos y las
esperanzas de las personas condenándolas a una anemia perniciosa que los
mantiene en la miseria.
En lugar de perder el tiempo discutiendo acuerdos de precios, analizando cuánto
debe valer un vasito de yogurt o cuál debe ser el precio del GNC, el presidente
tendría que comprender que si elimina de un plumazo los impuestos distorsivos
que gravan la luz, el gas, las aguas corrientes y los teléfonos conseguiría
una rebaja del 52% en las tarifas que pagan los ciudadanos, lo cual es harto
suficiente para encarar las inversiones esenciales en estos servicios públicos.
Pero parece que todavía el gobierno sigue sin advertir que los impuestos tienen
un terrible poder destructivo y que ese aspecto, junto con la inflación, son
los grandes opositores que pueden ponerle en jaque toda su aparente fortaleza de
gobernabilidad.